Hay veces que el navegante se siente solo. La soledad es otro de los grandes obtáculos, rotundos, que a veces acontece al que navega por la vida. No hay cosa que más tristeza cause que la soledad no deseada. Sin embargo, no toda soledad es mala. Hay veces que el navegante también necesita viajar en solitario. No en todos se manifiesta igual. Hay personas que no pueden estar solas un segundo y otras que necesitan a veces estar solas, rumiando sus cosas. Yo pertenecería a la categoría de los que piensan que vivir en compañía es aprender a compartir nuestras soledades y a respetarlas profundamente.
Pero no hablaré de esto, que dejo para otra ocasión. Hablaré de la soledad que nos asalta en determinados momentos y nos aprieta el corazón con sus frías garras. Se trata más bien de sentimientos puntuales de soledad que de momentos de soledad. Acuden en un momento en el que nos sentimos vulnerables y se instalan en nuestra mente para abrir la puerta a nuestros fantasmas. Uno de ellos es la soledad que se siente en la quietud de las noches de insomnio.
Y esto me lleva a Pablo Neruda (Puedo escribir los versos más tristes esta noche...). Qué poeta encierra su mente y su ser. He conocido a personas sensibles, pero muy pocas como él. Qué capacidad de aunar recuerdos emociones y sitios y saber transmitirlo. En uno de sus poemas ha logrado transmitirme la soledad queda de la noche, de su noche, que se ha hecho mi noche, de sus silencios, de la tregua del caos cotidiano, cuando las pasiones, los sufrimientos, los sueños y las risas duermen, como si el mundo, exhausto, se detuviera unos instantes. Me ha llegado al corazón. Me sentía como si el que estuviera viviendo todo lo que cuenta fuera yo. Por eso escribo ahora estas líneas.
En esas noches en blanco, cuando es madrugada y me despierto en mi habitación y todo está en silencio oscuro y confusamente amenazador, es cuando me atenaza el sentimiento de soledad, que se acerca tan callando, irreal, casi inverosimil. Entonces pienso en los seres que he querido mucho (como por ejemplo mis abuelos que murieron hace años), y entonces, en esa quietud casi irreal de la noche, su recuerdo viene a mí como unos fantasmas lejanos, y rememoro y trato de oír en mi mente sus voces que nunca más volveré a oír, sus sonrisa que no volveré a ver, sus llamadas, sus abrazos, su amor que no volveré a sentir y todo eso, voces, sonrisas, llamadas, abrazos y amor se desvanecen hacia el infinito como si nunca hubiesen existido, como si todo lo que quedara de ellos fuese únicamente el recuerdo en la mente del que las está pensando y se hacen irreales, lejanas. ¿dónde están ellos, dónde esta su voz, su cariño, su sonrisa? También, últimamente, en esas noches la recuerdo a Ella. De cómo me despertaba en la madrugada y la notaba a mi lado, el calor de su cuerpo, su respiración, su dulce dormir y la ternura y el amor enorme que en esos momentos sentía por ella. Ahora ella ya pertenece también a esas voces, risas, llamadas y abrazos que desde la oscuridad lo llenan todo como fantasmas. Es en esas noches cuando la idea de la muerte se hace más palpable y está ahí, solapada, aterradora, como una amenaza inevitable y fatal que espera su oportunidad, y recuerdo los versos nostálgicos de Leonard Cohen en su canción del "El partisano": “Oh the wind, the wind is blowing, through the graves the wind is blowing” (oh el viento, el viento sopla entre las tumbas, el viento sopla”).
Por hoy no me alargaré más. Me gustaría que otros navegantes expresaran aquí su opinión. La idea de este tema es que sea un diálogo. Pueden contestar aquí, o mandarme un correo electrónico.